Si hay un sonido que estremezca las madrugadas en los callejones empedrados de los pueblos y ciudades coloniales de Guatemala, es el suave y melancólico rasgueo de una guitarra, acompañado por el eco metálico de unas espuelas de plata. Quien se atreve a asomarse por la ventana a altas horas de la noche corre el riesgo de cruzarse con El Sombrerón (también conocido en algunas regiones como Tzizimite).

La leyenda

Se trata de un hombre misteriosamente diminuto, de baja estatura, que viste un traje completamente negro, un cinturón brillante, botas con espuelas de plata y, sobre todo, un sombrero de alas tan enormes que oculta casi por completo su rostro. No camina: anda montado en un brioso caballo negro que aparece de la nada entre la neblina.

A este duende nocturno le fascinan las mujeres de cabello largo y ojos grandes. Cuando una de ellas llama su atención, se detiene bajo su ventana y comienza a cantarle serenatas hechizantes al son de su pequeña guitarra.

El peligro y la maldición

La música del Sombrerón no es un simple cortejo; es un maleficio. Las jóvenes hechizadas por sus melodías pierden el apetito, dejan de dormir y caen en un profundo trance de tristeza. Poco a poco se van consumiendo por la melancolía hasta que, si no se actúa a tiempo, mueren de amor y agotamiento. Además, la leyenda cuenta que por las noches suele colarse en los establos para montar a los caballos ajenos, haciéndorlos correr hasta cansarlos por completo y dejándoles la crin llena de nudos imposibles de desenredar.

¿Cómo ahuyentar al Sombrerón?

La tradición oral de las abuelas guatemaltecas dictaba un remedio infalible: cortarle el cabello a la joven afectada. Al ver su melena corta, el Sombrerón se desilusiona profundamente, cree que la mujer ha perdido su juventud o belleza, y abandona la casa para no volver jamás.

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